Normas del juego

Abre los ojos cada mañana y sonríe. No te muevas, no hagas nada; primero, sonríe. Da igual todo; respira tranquilo y sonríe. Ahora ya puedes levantarte.

Sal a la calle dispuesto a escuchar buenas noticias, a encontrar soluciones, color, miradas amables, manos extendidas, luz… Aparecen, te lo aseguro.

No esperes nada, ve dando tú. Y poco a poco, se hace la magia.

No aguardes a encontrar el camino, empieza a andar y verás cómo va surgiendo.

Cuando sientas frío, allí donde veas hielo, recuerda que se está preparando la más bonita de las primaveras. Todo es cuestión de tiempo.

Procura no acabar el día sin haber hecho sonreír a alguien, sin haber saboreado un abrazo… Recuérdate lo fuerte que eres. Date un capricho.

Antes de cerrar los ojos, respira tranquilo, agradece y sonríe. Ahora ya puedes dormir.

Bien jugado.

Igual

Tengo un defecto de fábrica: solo veo personas, veo miradas, vidas, historias. No veo títulos ni currículums. Me gusta tratar con el mismo respeto a todo el mundo, sin saber el cargo que ocupan en su trabajo. No me importa si tienen tres carreras o ninguna; si tienen dos coches o van en bici; si les sobran los millones o llegan justos a final de mes. Me da igual.

Es una de las cosas que me gustan de mi trabajo. En quirófano, cada uno llega con su coche, con su ropa, con su elegancia o no, con su pelazo o no, con sus joyas o no. Y en cinco minutos, todos estamos igual. Vestidos igual, con un pijama azul, sin joyas, con un gorro puesto y, enseguida, con mascarilla. Y ya solo queda la esencia, la educación, la actitud. Ahí sí que se ve la elegancia de la gente: el trato entre compañeros, el trato al paciente.

Hay gente como los señores Potato, con ojos y bocas de recambio. Según si hablan con unas personas o con otras, cambian de mirada, de sonrisa. Algunos parecen normales con unos y extraterrestres con otros.

Debí aprenderlo de mi padre; él saluda y mira igual a un conocido que se baje de un cochazo que al mendigo que esté pidiendo en la puerta del banco de al lado de casa.

Sinceramente, si miras a los ojos, no encuentras diferencias.

Somos personas, somos iguales. A quien hay que hablar o mirar mal es a la gente mala, a gente que mata, que trata mal a otros seres vivos, ya sean humanos o animales. Al resto, no.

Lo siento, no veo diferencias y mira que a mí se me daba genial encontrar las siete.

Creo que hay dos grupos de personas, buenas y malas, nada más, con buen corazón o sin él. ¿El resto? Sexo, nivel de estudios, edad… ¡Venga ya! Cada uno hace un trabajo y, por supuesto, es admirable, pero somos un equipo, que no se nos olvide. Prefiero colocar a uno al lado de otro, codo con codo, que poner a uno arriba y a otro abajo.

A mí que me perdonen, pero cuando me cruzo con personas de esas que ni te ven porque van en su nivel superior de suelo o a las que no te contestan cuando saludas, me tengo que sujetar la risa porque se me vienen a la cabeza esas vedettes con sus plumas a las que bajaban entre dos por las escaleras, con una pierna encogida y otra estirada, mientras pienso: “otro tonto ‘jodío’ al saco”.

Montaña

Me agaché a meterle los zapatos y no podía levantarme de la pena. Como sacos de cemento en la espalda, así pesan la pena y la culpa. No quería subir por no encontrarme con sus ojos. No me quedó más remedio y subí, pero como polos del mismo signo, nuestros ojos se repelieron. Yo no podía hablar y él no quería preguntar, ni saber. Así que decidí que ese nudo en el pecho no era el momento de decir nada.

Pocas veces he pasado tanto miedo como esos minutos en esa sala de espera desierta. Escuchando al otro lado de la puerta de Radiodiagnóstico las voces de Antonio y las técnicos de rayos. Palabras sueltas que rompían a la vez sus huesos y los míos.

Un rato antes habíamos quitado el árbol de Navidad. “Ojalá pudiera meterme yo también en otra caja y desaparecer, porque desmontada ya estoy”, pensé.

Salimos de allí agarrados del brazo, sin mirarnos y en silencio. Él rabiando de dolor y mareado, yo rabiando de impotencia y sujetando lágrimas, apretando puños.

Y rebobinaba años a la vez que daba pasos espesos, como cuando andas por el mar a contracorriente. Y recordé nuestros paseos por las calles de Madrid, cuando él me llevaba a mí, cuando él me cuidaba a mí, cuando él hacía todo por mí.

Este mes de enero que yo había empezado a pintar con tonos pastel, de repente se volvió un borrón oscuro.

Y mi escala de valores se agitó como un dado en un cubilete y aunque hubiera salido otra cosa, tenía claro cuál era mi sitio ahora. A su lado.

Y en lugar de esa escapada romántica que se me pasó por la cabeza, mi primer viaje del año fue a Madrid en ambulancia, sin cava ni juguete.

Cada lágrima que le cae por la mejilla, a la vez que me duele, me hace fuerte.

Ojalá pudiéramos repartirnos el dolor. Ojalá no tuviera que pasar por esto. Toca luchar, pues lucharemos, aunque a ratos falle la fuerza.

Pensábamos en mar, pero nos ha tocado montaña; pues a por ella. Vamos a atarnos bien las botas.

Me acuerdo cuando le preguntaba: “Tito, está muy lejos?” Y me decía: “¡Qué va! ¡Aquí mismo!” (Y luego caminábamos más de media hora). Pues eso…

No vamos a pensar en meses, en pinchazos…Pensemos que la meta está ¡aquí mismo!

Niebla

Y justo cuando la espesa niebla empieza a agobiarte y no te deja ver más allá de tus preocupaciones, se levanta, abre el día y sale el sol. Empiezas a respirar mejor y todo se ve más claro. No desaparecen los problemas, pero se empiezan a afrontar mejor.

Si al comenzar a coger carrerilla para intentar volar de nuevo, la vida te corta las alas, no te preocupes, las alas vuelven a crecer. Pronto. Tú aguanta, sonríe y dedícate mientras a disfrutar y a agradecer todo lo que sigues teniendo.

Bendita rutina. Bendito no parar ni un segundo. Bendito trabajo. Bendito cada segundo sin dolor. Bendito sol. Bendito frío. Bendita cada cosa que no valoramos hasta que la vida decide por tí y te deja sin voz ni voto.

Deberíamos tener una alarma en los móviles, cada hora, que dijera: “Aprovecha cada minuto de la vida. Es un regalo. Es un milagro.”

Enfermería

Llevo más de media vida siendo enfermera. Así que, gana esta vida, ya no sé ser otra cosa.

Hace un tiempo fui a clase de mis hijos a hablar de mi profesión. Lo primero que dije al llegar es que esto más que una profesión es una forma de vida. Una persona no es enfermera solo lo que dura su turno; una enfermera lo es las veinticuatro horas del día, dentro y fuera de su centro de trabajo, en su casa, en la calle, comprando, viajando.

Es una aptitud pero sobre todo una actitud.

Se requieren cualidades específicas. Creo que no se puede ser buena enfermera si no se es buena persona.
Todos los trabajos son importantes pero algunas profesiones son especiales, ya que requieren no solo los conocimientos teóricos y prácticos, sino ciertos principios y valores que no se aprenden en la universidad.

La enfermería es un acto de ayudar al prójimo. Es llegar al trabajo y tener claro que tu objetivo es el bienestar del paciente. No solo se trata de llegar y sacar analíticas, poner sondas, coger vías, realizar curas, poner medicación, no. Se trata de ayudar, atender a personas que en ese momento de su vida, por el motivo que sea (intervención quirúrgica, enfermedad…) tienen alterada su capacidad de autocuidado.

Hay momentos en los que nuestra función es simplemente acompañar, escuchar, coger de la mano a alguien que esté solo, asustado, con dolor y rodeado de gente extraña.

Llegas, te pones tu uniforme, coges tu coletero, tu bolígrafo, tu rotulador permanente y tus tijeras, pero también tienes que coger tu corazón con las dos manos antes de cerrar la taquilla.

Hay una frase que me encanta: “Una sonrisa es parte del tratamiento de tu paciente”.

La enfermería requiere de paciencia, humanidad, esfuerzo, bondad, responsabilidad… pero ante todo respeto y empatía. Sin empatía no podríamos ser buenos enfermeros pero ojo, no se puede empatizar ni involucrarse en exceso porque si no, no vives, solo sufres.

Cada día cuando recibo a un paciente en la puerta de quirófano pienso… Si es un señor mayor: ¿cómo me gustaría que tratasen a mi padre? Si es una mujer, a mi madre y si es un niño: ¿cómo me gustaría que tratasen a mis hijos? Pues así es como tengo que tratar.

Esa persona que se pone en tus manos es hija, madre, hermana… Tiene una vida, como tú. Es lo más importante para alguien, como tú. Cuida de alguien, como tú.

Es muy bonito pero duro. Te codeas cada día con el dolor y ves de reojo, merodeando, a la muerte; unas veces a lo lejos, otras a una distancia que te eriza la piel y otras tan cerca que te paraliza.

La enfermería es realidad y es vida, y ya sabemos todos cómo es la vida.

Resumen

Sé que tenéis que hacer vosotros el trabajo. Sé que tenéis que subrayar, hacer vuestros esquemas a sucio, vuestros tachones…

Sé que tenéis que estudiar vosotros. Ver lo que peor se os da y repasar.

Sé que borraréis y empezaréis de nuevo más de una vez. Sé que al final os tocará pasar todo a limpio, como a mí.

Sé que tenéis que tropezar, caer y levantaros mil veces, como yo.

Sé que os tocará sufrir hasta memorizar lo importante.

Sé que tenéis que equivocaros para aprender.

Sé que no puedo vivir por vosotros pero dejadme que os pase el resumen que tantos años me ha costado hacer. Por lo menos, las ideas principales. Ésta es la única chuleta que os obligo a llevar siempre en un bolsillo. Por mí, como si os la queréis tatuar.

-Vivid cada día como lo que es, un regalo, un milagro. Pintáos una sonrisa cada mañana y ofreced al mundo lo mejor de vosotros. No todos lo sabrán valorar, no todos lo merecerán, pero vosotros sí. Os merecéis vivir felices y eso, lo decidís vosotros, no el entorno ni la gente.

-No sufráis antes de tiempo, no adelantéis acontecimientos. La realidad casi siempre mejora lo imaginado. Lo que tenga que ser, será, y todo, todo, tiene solución.

-Agradeced todo lo bueno que tenéis cada noche antes de cerrar los ojos y cada mañana antes de poneros de pie.

-Id siempre con la verdad por delante y la justicia de la mano. Aclarad los malentendidos lo antes posible, pasad de enfados. No merece la pena estar mal.

-Reíros cada vez que podáis. Cantad, bailad, viajad, comed sano y haced el deporte que más os guste.

-Asertividad. Resiliencia. Valentía. Empatía. Humildad. Lealtad. Sencillez. Honestidad.

Bomba

Tengo el cuerpo como si anoche me hubiera bebido dos botellas de Pajarete de un trago sin cenar. Este es el colofón de unas Navidades en las que he mentido como un bellaco, he hecho malabares escondiendo (este año más que ninguno porque la pobre es pequeña pero no tanto, inocente pero no sorda y está ilusionada pero no es ciega); creo que me convalida cuarto de Ninja, menos mal.

Anoche Paula se relajó a la una y media. Antonio tuvo la feliz idea de darle a Nana una chuche dura como una piedra y estuvo media hora jugando con ella y otra media ronchando. Retumbaba en toda la casa. Vinieron los tres. “¿Qué suena?” “¿Qué es ese ruido?” “Voy a bajar descalza a ver si los pillo y me hago un selfie con ellos”. Por fín, silencio.

“Duérmete tranquila, yo me quedo leyendo”, me dijo, y yo le creí (me debió pillar bajo los efectos del roscón). Eso a mí me pilla en plenas facultades y sé que no va a pasar…

Nos metimos en la cama a esperar leyendo y yo, que me acababa de tomar un cuarto de roscón de postre, empecé con escalofríos y me metí con la bata polar más gorda que tengo, arropada hasta las orejas con el nórdico y abrazada a él. Cuando estaba al borde de la muerte, a las tres, me desperté, como si tuviera 40 de fiebre. Efectivamente, él estaba frito. Si no llega a ser por mi asfixia, amanece hoy el sofá vacío. Me levanté, quería morir (vomitar primero y morir después). Bajé los dos pisos descalza, con los ojos casi cerrados, agarrada a la barandilla y aguantándome la tos. Como si fuera a desactivar una bomba. A Nana le pareció maravillosa mi visita a esas horas y se puso como loca a sacudirse, a subirse… Y yo hablándole con lenguaje de signos. Antonio se quedó en la escalera, de guardián, no sé seguro si despierto o dormido.

Trabajo terminado. Me subí mientras que él terminaba su parte (o sea, la mía), infló globos porque yo soy alérgica y se bebió la leche porque yo soy intolerante. Gracias a Dios solo teníamos una zanahoria pocha y no se la puso a los camellos, si no, nos habíamos liado a ronchar.

Y claro, yo a las tres y media o las cuatro de la madrugada lo mejor que sé hacer es desvelarme y eso hice. A las cinco seguía dando vueltas, acordándome del roscón y del panorama del país. A las ocho y media, cuando mejor estaba, ha llegado la alegría dando voces en mi oreja. “Arriba, arriba, han venido los Reyes”. “Acuéstate hija, aquí no ha venido nadie todavía”. “Que te has creído tú que me voy a acostar”.

Todo merece la pena al verles las caras, incluso la resaca.