Y ya

Y ya. El tiempo se para, las piezas del puzle que llegó medio deshecho se recolocan en un momento. Y nos perdonamos todo. Yo a vosotros cada “o sea”, “pero mamá, ¿de qué vas?”, “¡venga, hombre!”… Vosotros a mí las voces, la poca paciencia de algunos días, la falta de empatía a veces, mi cansancio pagado con lo que más quiero.

Y olvidamos todo y empezamos de nuevo, sin tachones, con más ganas.

Y me lleno el pecho de aire para que me quepa el corazón porque ahora mismo, al miraros, multiplica sus dimensiones. Y sonrío al comprobar que sí, que el amor siempre cabe, se reparte y se organiza; y cuanto más, mejor. Y me dejo caer hacia atrás porque pesa y al cerrar los ojos se me cae una lágrima, pero ésta es de felicidad.

Ojalá me pareciera yo a vosotros y no al revés. Ojalá.

Prefiero

Prefiero una buena pastilla de jabón antes que el jabón líquido.

Prefiero acercarme a un rosal a oler una rosa antes que recibir un ramo.

Me gusta el flamenco, las puestas de sol, los paseos por la orilla del mar.

Me niego a dejar de imprimir fotos en papel.

Me gusta dar los buenos días con una sonrisa, el pan tierno, el olor a ropa tendida.

Donde se pongan una visita, un abrazo y una mirada, que se quiten miles de whatsApp y emoticonos. 

Y donde se ponga un libro, que se quite una pantalla.

Jamás pensé que lo haría, pero después de pensarlo mucho y animada por mi familia, lo hice. Nunca os he engañado, no soy escritora, soy enfermera. De todas formas, la que escribe es la persona y, sobre todo, la madre. 

No puede llevar más amor, más cariño, más verdad, pero todo desde la más sincera humildad. Os recuerdo que empecé a escribir para mis hijos, solo para ellos, porque el día que les falte, me seguirán teniendo en esas páginas, en cada renglón.

Creo que me he dejado poco dentro.

Ahora siento que gracias a Una vida para cinco he tejido hilos invisibles de corazón a corazón, que quien lo ha leído con el alma abierta como se escribió, me conoce y me tiene para siempre. Y gracias a tantos hilos sujetando es imposible caer y mucho más fácil seguir caminando, seguir aprendiendo. Juntos. ¡Gracias!

Pintando

Las únicas nociones de pintura que tenía eran las que me dió Chema, el panadero de Barrio Sésamo, con su “pintar, pintar, pintar sin parar, mojar, extender y vuelta a empezar”. Aún así, como decisión no me falta, he cogido mi brocha y me he pintado las rejas de la casa y las barandillas. Os lo aconsejo. Cansa, pero es entretenido y relajante (por lo menos el primer día y mientras haya sombra). Cuando empiezas a soltar palabros entre dientes y a encajar la boca, es el momento de dejarlo hasta el día siguiente. Lo he hecho poco a poco, en varios días… Me han ayudado un rato cada uno; poco, poco. Por eso me ha dado tiempo a pensar; mucho, mucho.

Cuando empezaba, me ponía de frente. Cuando parecía que estaba perfecta, me movía un poco para ver la reja de lado. ¡Parecía otra! Muchos trozos de ese lado estaban sin pintar. Terminaba. Ahora sí, perfecta. Me giraba hacia el otro lado y más de lo mismo. Barrotes enteros sin pintura.

Igual que el mismo vaso unos lo ven medio lleno y otros medio vacío, cada persona mira, siente y vive diferente según su perspectiva. Según sus circunstancias, sus sentimientos, sus valores y sus necesidades, ven la misma cosa de una manera u otra.

Y no por eso unos están en lo cierto y otros equivocados. Solo tenemos que girarnos un poco para entender al otro. Y respetar, como siempre. Cada uno desde su postura siempre lleva parte de razón. No somos árboles, podemos movernos un poco para comprender, para empatizar, aunque volvamos enseguida a nuestro lugar. Y si no te quieres mover, escucha.

Si nos empeñamos en que algo es como nosotros lo vemos sí o sí, sin lugar a explicaciones, cerrados en banda es como querer mirar directamente al sol sin gafas. Sales perdiendo.

Seguro que si nos girásemos más, habláramos menos y escuchásemos más, el mundo sería menos ruidoso porque no haría falta gritar para que te entendiera el que tienes al lado.

Croquetas

Mientras hacemos croquetas

-Mamá, ¿el polvo se hace solo?

-¿El polvo? Sí, se hace solo…

-¿No se echa?

-Nooo.

-Pero anoche viendo El internado dijeron algo de echar un polvo.

(Hace unos años habría tirado de “¡Mira un pajarillo sin cola! ¡Picola, picola!”, pero ya no cuela.)

-Ah, ¡eso es una metáfora!

(Pienso: “Que pare aquí la cosa, que yo soy mucho de explicar moviendo las manos y en este momento me viene mal. De aquí a que estudie la metáfora se le ha olvidado.”)

-¿Y que es una metáfora?

(¡Lo sabía! Error: ahora te va a tocar explicar dos cosas, y sin manos. Encima, soy mucho de tirar de la Rae para dar una buena definición ya que me pongo… Y con los dedos rebozados de harina, huevo y pan rallado, no puedo. Venga, Gema, si esto es fácil, podría haber sido peor.)

-Pues es una como una comparación… Por ejemplo: “Hoy brillan más que nunca tus perlas”. Tus perlas son tus ojos… (Sé que hay otras mejores, pero qué le voy a hacer, es lo primero que se me ha venido.)

-Ya…

(No, ese ya me lo conozco. Cojo con ansia masa, “quien coja esta croqueta, va a escapar bien”, pienso.)

-¿Y qué tiene que ver el polvo con mis ojos?

(¿Qué te he dicho?)

-Mira, hay algunas personas que hablan regular e igual que dicen palabrotas utilizan expresiones o palabras feas para referirse a otras cosas… Echar un polvo es una forma de decir “hacer el amor”.

(No sé si será mi menopausia ésta precoz, el calor o la conversación, pero estoy sudando a chorros.)

-Ahhh, ya me imaginaba yo que era algo de eso… ¿Te importa acabar sola? Voy a darme un baño.

-Para nada, ve tranquila.

Moraleja: Mejor de bolsa.

P.D. No encuentro foto adecuada.

Mariposas

¿El secreto de la felicidad?¿El motivo para vivir agradeciendo? Tener claro que todo lo que tengo hoy que me hace ser inmensamente feliz, la vida me lo va a ir quitando poco a poco, unas cosas del todo, otras a medias. Porque no, las cosas por las que agradezco y soy feliz no son mi casa, mi coche o el dinero, todo eso solo hace el camino más fácil, le quita piedras y socavones y lo asfalta, nada más.

Lo que más queremos no es eterno, no lo vamos a tener al lado siempre. Por eso, al abrir los ojos cada mañana, recuerda: Hoy lo tengo, agradezco y soy feliz. Mañana ya se verá, si hay mañana… Hoy, no puedo pedir más.

Levántate con la intención de aprovechar cualquier oportunidad para oler un flor, fotografiar una mariposa, respirar profundo, aunque sea un segundo con los ojos cerrados, notando la brisa en la cara, y mirar varias veces al cielo. Verás qué bonito tu día.

Maletas

Creo que lo que más me está costando en mi vida de madre es ir dejando de lado los colores pastel, el ratoncito Pérez, los Reyes Magos, los pajarillos que cantan, las nubes con formas, los amaneceres abrazados a alguno de ellos en mi cama, el olor a la crema que con tanto amor les echaba después de cada baño… Para ir dejando paso a una realidad que dista mucho de la que me gustaría dejar de legado a mis hijos.

Ir abriendo ojos, preparando almas, dibujando escudos, no es fácil. A veces me dan ganas de decir: “Vamos a dejar de jugar a esto, no me gusta”, como hacemos cuando algún juego de mesa se pone aburrido. Pero no, en este juego que es la vida no se puede dejar la partida a medias. Tienes que seguir, te guste o no, duela o no… Entonces sigues intentando buscar siempre el lado bueno a cada cosa, porque mi madre siempre me ha dicho “tenemos que dar gracias a Dios”, aunque la cosa estuviera fea o muy fea; y lo que una madre dice, va a misa.

Y agradeces cada día que te pones de pie.

Y les vas contando el cuento de la vida de la forma más suave que puedes para que sepan de qué va la cosa pero a la vez no pierdan la ilusión ni la esperanza.

Enseñas a pisar firme pero con prudencia, educación y respeto. Recuerdas que jamás disfrutarán de un éxito si para llegar a él han tenido que pisar a alguien. Repasas la lección de que nada hace más ilusión que compartir y hacer felices a los demás. Y subrayas con fosforito que para brillar tú, no necesitas apagar a nadie.

Les enseñas a coger más confianza en ellos y menos en el resto.

Cuando todavía recuerdas cómo les enseñaste a no tocar los enchufes, te ves paseando con personas que escuchan atentas cuando les dices que nadie, jamás, les puede obligar a hacer algo en contra de su voluntad. Que les fallarán y les decepcionarán algunos, pero otros les sorprenderán, les ayudarán y se quedarán para siempre.

Atrás quedaron los quiquis, los dibujos animados (quién me iba a decir a mí que iba a echar de menos a Peppa Pig y a Dora, la exploradora) y los Cantajuegos como única opción. Demasiados años rodeada de tanta dulzura te malacostumbra… Bodies, pañales, crema del culete, bloques de colores, cochecillos, muñecas, topes de puertas… Todo parece de otra vida ya. Ahora es móvil, Play, iPad, amigos, plancha del pelo un día, “espuma para ver si se me riza” otro.

Cada día oigo menos “te quiero” y más “¡no me dejes en leído!”, “¡pero mamá!”… Claro, que yo también he sustituido alguno por “¡échate desodorante!” o “porque lo digo yo y punto”.

Vivo emocionada un viaje a ese lugar en el que pasé aquellos maravillosos años. Esta vez ese viaje no lo hago yo, solo estoy preparando sus maletas sabiendo dónde van. Ellos ahora no lo entienden, como a su edad no lo entendía yo, pero para mí siempre serán mis chiquitines, los que me dieron la vuelta como a un calcetín. Y aunque ahora necesiten su espacio y yo los regalara un día de cada tres, aunque sé que soy madre primero y amiga después, algún día descubrirán que su mejor amiga estaba mucho más cerca de lo que creían.

Que no se os olvide, este viaje lo empezasteis juntos… Intentad terminarlo lo más cerca posible, lo más unidos posible.

Ojos

Siempre me ha encantado mirar a los ojos. No me preguntes lo que lleva puesto quien sea, ni idea. Pero los ojos y las manos, los ficho rápido. Unos te atraen, otros te echan para atrás. Unos te hacen reír, otros te provocan ternura.

Ahora es todo mucho más fácil. Salgo a la caza de miradas y no tengo nada que esquivar. Me gusta mirarlos a fondo y descubrir lo que esconden.

Algunos lo ponen fácil, son como un río de agua cristalina, para lo bueno y para lo malo. Otros llevan una pantalla que no deja ver de primeras lo que hay detrás, les tienes que dedicar más tiempo.

Hay miradas a las que tienes que abrazar porque lo están pidiendo a gritos. Y miradas que necesitan conectar con otra para dejar salir lágrimas caducadas.

También hay miradas a las que les dices “calla” porque si lo dicen, no vas a poder aguantar la carcajada. Y es que sí, hay miradas con más mensaje que algunos textos.

Esta mañana hemos tenido a una monjita en el quirófano y cada vez que la miraba, me sonreía y con sus pequeños ojos, claros y asustados, me decía algo. Los nervios y el miedo no la dejaban hablar. Ha sido como cuando te hacen un truco de magia. Yo imaginé su mensaje y después, cuando se iba, comprobé que había acertado: “Que Dios te bendiga, hija, que Dios te bendiga”.

Juntos

Dos tipos de lavanda, hierbabuena y romero… ¿Lo veis? Diferentes. Cada una con su personalidad, su carácter, no cambian nada para agradar al de al lado; sin embargo, están juntas, mezcladas, unidas, compartiendo tierra, agua, vida… Solo hace falta respeto, nada más.

Sueño

No te des la vuelta en mitad de un sueño. No te rindas nunca. Camina, camina…

Si estás pensando en tirar la toalla, métela en una mochila y sigue.

Tú marcas el ritmo, pero hacia delante siempre. Tarareando tu sueño a cada paso.

Si estás muy cansado, descansa un rato, duérmete si quieres, pero mientras duermes, sueña con tu sueño.

Amando

Cada vez que se me moría una planta, lloraba en silencio como cada vez que escuchaba “¡Chanquete ha muerto!”. Pensaba que se iban porque no eran felices conmigo… Sí, yo también pienso que estoy tocada del ala, pero probad a tener tres hijos, una perra que pesa el doble que tú y un marido que se sacude las manos con todas sus fuerzas cada vez que se lava las manos, frente al espejo, antes de coger la toalla, y luego me lo decís…

Yo les hablaba con cariño, les cantaba incluso… Reconozco que hubo unos años en los que apenas les dedicaba cinco minutos al día y que alguno se me olvidaban, pero daba igual, les dedicara lo que les dedicara, se me morían…

Así que, el año pasado decidí cogerles poco cariño. Las miraba de reojo cuando las regaba, pero no les dirigía la palabra. Se me murieron igual y a mí me dolió igual. Entonces recordé y entendí.

Siendo adolescente pensé que no iba a poder soportar la muerte de mi abuela Marina años antes de que llegara su hora. Su corazón delicado, su leucemia y la cantidad de pastillas que tenía en esa bolsita vieja de farmacia con las letras borradas que varias veces al día abría y cerraba con sus manos temblorosas, me hacían sospechar que podía pasar en cualquier momento.

Tanto la quería, tan unida a ella estaba, que tomé una de las peores decisiones de mi vida: aprender o, mejor dicho, intentar no quererla tanto. Hablaba menos con ella, le miraba menos a los ojos, no me sentaba pegada a ella en el sillón como siempre… Me ayudó la edad; los últimos años de instituto, las horas de estudio y las horas de calle lo hicieron más fácil. Alguna vez llegué a sentirme orgullosa porque lo estaba haciendo bien. Me había alejado.

Menos mal que me dió tiempo a darme cuenta y rectificar antes de que fuera demasiado tarde. Aunque los besos, los abrazos y los ratos perdidos, jamás los pude recuperar.

No se puede querer a medias. No se puede sujetar el amor, así como no se puede impedir que el sol salga cada mañana.

Cuando no das amor, el que más pierde eres tú. Puedes llegar a olvidar a alguien que no te quiere, pero nunca puedes dejar de querer a alguien que te quiere con toda su alma.

Hemos nacido para amar, todo esto no tiene sentido si no fuera por amor. Nacemos por amor y vivimos para amar, no hay más. Todo lo que se salga de ahí es superficial.

Vivamos amando a manos llenas, a pecho descubierto, con los ojos, con las manos, con todo el cuerpo. Si amas, agradeces a la vida y si agradeces, la vida te da más amor.

No tenemos tiempo de perder el tiempo amando a medias. Cuando toque llorar, lloraremos. Cuando nos toque despedirnos, nos despediremos… Pero mientras, amemos, solo amemos. A ellos les digo: “Quererlos cada minuto como si fuera el último”.