Bruxismo

Dicen que soy una “gran apretadora”.

Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra.

¿De verdad hay alguien que no apriete los dientes y los puños varias veces al día?

En casa se enciende poco la televisión, pero recuerdo que hubo un tiempo en que podía ver algún telediario. Ahora ya no. Hieren mi sensibilidad más que esas películas de las que siempre he huído.

Estoy cansada de tener que mirar para otro lado para poder respirar. Mirar más a mi ombligo y menos a mi alrededor para no morir de pena o de asco.

¿De verdad que no se puede parar esto? No entiendo de política, no me gusta, solo veo en ella una lucha de intereses. Pero, por favor, ¿dónde queda el respeto, los derechos humanos incluso? ¿Dónde queda la bondad? ¿Qué estamos haciendo con el mundo?

No me gustan los toros, me pongo enferma. No me gusta la caza, sin embargo, tengo amigos taurinos, amigos cazadores, a los que, por cierto, supongo que no les gustará algo de mí. Tengo amigos creyentes y otros ateos, amigos del Madrid y amigos del Barcelona. Pero igual que unos somos altos y otros bajos, unos rubios y otros morenos.

¿Tan difícil es respetar, mirar para otro lado si no te gusta lo que hace el de enfrente? Cada uno su camino, si en algún momento se coincide, genial, si no, también.

¡Qué ejemplo, qué vergüenza, qué pena, qué feo todo!

Voy a cerrar los ojos recordando dos frases que me gustan:

“No hay camino para la paz, la paz es el camino” Gandhi

“No veo la miseria que hay, sino la belleza que aún queda” Ana Frank

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Capítulo 3 de la 2ª temporada de Juego de hormonas.

Esta madrugada a las cinco, mis hormonas, que andan de experimentos, debieron llegar a un acuerdo con mi sistema nervioso y han decidido que con menos de seis horas de sueño podía ser suficiente. A las siete, cuando nos hemos levantado, ya estaba yo de hormonas hasta el moño, pero he pensado: venga, que hoy va a ser un buen día, tú puedes. Y con esa ilusión me he puesto en pie. Pero claro, se me olvidaba que a la vez que mis hormonas están cayendo, las suyas están sacando pecho…

Me ha durado la sonrisa lo que he tardado en bajar a la cocina, y a las siete y media, me he echado a la boca el primer caramelo para suavizar la garganta después de hacer uso de mis dotes de cantante de ópera.

La primera: llego y le veo una cuarta de muslo al aire a María (juraría que al darle el beso no he notado semejante estirón y el lunes, la falda del uniforme le quedaba bien). -¿Y esa falda tan corta? ¿No la llevarás con vueltas en la cintura? Hay cinco grados. (Dos vueltas llevaba). -Es que se me cae. -Que se te cae?! Trae para acá, para eso lleva esta gomita en la cintura con un botón a cada lado, para que te la justes y no se te caiga. No sé ni lo que me ha dicho, porque no la he entendido, pero bueno no ha debido ser…

La segunda: Pablo vestido solo de cintura para arriba. Ayer cuando colgué el pantalón en la percha, visualicé esta escena. -No encuentro el pantalón. -¿Has mirado en la percha? -Sí, no está. Siempre igual, me escondéis las cosas. -Voy a subir yo, como esté, este fin de semana no tocas el móvil. Evidentemente, me he ahorrado el paseo.

La tercera: Momento peinado. Mi hija se cree que su madre, según la hora, tiene unos estudios hechos u otros. A las ocho menos cinco (la recogen a en punto en la esquina): -¿Me puedes hacer una trenza de raíz pero que empiece aquí, termine aquí, y después acabe como en un moñito informal detrás? -Pues no. -Jo, mamá, siempre voy con coleta. -Da gracias que la llevas sin huevos, porque la que te habías hecho tú, tenía varios.

La cuarta: Los cantes definitivos. -¿Qué vas a hacer de comer? -Cocido. Al unísono: -Qué asco! -Qué rico!

Gracias al cielo, por fin se oye el portazo de la felicidad. Dos segundos después, suena el despertador de Paula. Subo. Como un fantasma, a oscuras en el quicio de la puerta. -Mamá, deberíamos irnos unos días a Marina D´Or, debe molar, en los anuncios dicen ¡Qué guay! -Buenos días, cariño, pues sí, voy a llamar a ver si me puedo ir cuando te deje en el cole.

Definitivamente, la mañana que trabajo y que cuando ellos rompen a hablar, yo ya me he ido, noto que mis coronarias me sonríen satisfechas.

¡Qué poco!

¡Qué poco valor tiene la alegría si no has conocido la tristeza!

¡Qué poco se aprecia la compañía cuando no has sentido la soledad!

¡Qué desapercibido un día tranquilo cuando no has aguantado ningún dolor!

¡Qué poco dicen el sol, la luna y las estrellas, cuando no has vivido la oscuridad!

¡Qué poca cosa el calor de un abrazo si no has pasado frío de amor!

Batería

Si nos parásemos a pensar, lo entenderíamos, pero el problema es ese, que no nos paramos…

Los móviles, las pulseras cuentapasos, los juguetes, si no los ponemos a cargar, se quedan sin batería, sin pilas y dejan de funcionar, en ese justo momento, da igual que los necesites o no.

Los coches, si no les echamos gasolina, se paran, da igual donde te pille y la falta que te hagan.

Pues nosotros igual, y sin embargo, ¿nos ponemos a cargar? Poco, muy poco.

Se supone que por las noches lo hacemos, pero me van a perdonar, las noches unas veces cargan y otras no. Hay días que llego a la cama con un 1%, lo justo para llegar (a veces me subo por los pies porque para rodearla no me llega) y me levanto (al 100% no sé si me habré levantado alguna vez, no lo recuerdo) unos días al 75%, otros al 50%, otros no sé qué hago que me levanto con un 20% y otros, directamente, no cargo…

Pero el sol tiene la costumbrita de salir de todas formas, y el día de empezar y ahora, tírale…

El día que no he cargado, igual que me subí por los pies, me dan ganas de rodar y dejarme caer por mi lado, a ver si con el golpe subo a un 5%.

Y tiro, vaya si tiro…

Los días que trabajo de ocho a tres, según con la que haya salido de casa y según cómo hayan sido la mañana y sus múltiples factores, vuelvo con un 25-30% de batería. Para pasar la tarde sin parar, necesito un 50. Pues no salen las cuentas… Que no, que no… Así pasa, que muchos días acabo con la boca tan encajada, que no sé si llevo los dientes de arriba, abajo, y al revés. Debo creer que así, apretando, cargo otro 1%.

Hay momentos del día, abrazos, miradas, sonrisas, carcajadas, que te regalan un 10% y gracias a eso llegas.

Pero vamos a ver, que tenemos que parar y punto. Necesitamos sentarnos, respirar, cerrar los ojos diez minutos después de comer. Que vamos por la vida descerebrados, como pollos sin cabeza, y como dice este juez que tanto me gusta: ‘Y así nos va… y así nos va’.

Nosotros no nos paramos como el conejito ese que se quedaba sin pilas, a nosotros nos salen úlceras, se nos cae el pelo, tenemos migrañas, dolores musculares, problemas gastrointestinales y otras cosas más gordas… Porque si no cargamos la batería, caen las defensas y caemos nosotros.

Es una urgencia vital, igual que las vacunas, parar el ritmo, cargarnos.

Pasear por el campo, respirar, tomar el sol aunque esté helando, reírnos, abrazarnos, perdonarnos, mirarnos a los ojos, dormir bien, comer sano, beber agua (hasta para eso hay que pararse, si no, se nos olvida), hacer algo de ejercicio. Y cada vez que podamos, escaparnos (a mi me cura el mar, cada uno que elija). No es capricho, es necesidad y lo mejor de todo, está en nuestras manos.

Agradecer

Una de las mejores cosas que me ha enseñado mi trabajo es a ser agradecida. Cada mañana, para llegar a Quirófano, paso por la puerta de la Uci. Casi siempre hay algún familiar con los ojos desencajados de pena y si no, pienso en la de vidas luchando por la vida que hay dentro. En ese momento, me da igual haber dormido mejor o peor, que me duela más o menos, que mis hijos hayan sacado una nota u otra, que llueva o haga frío, estar preocupada por lo que sea, me da igual todo. En ese momento, décimas de segundo, hago una respiración profunda, lleno el pecho y agradezco, solo agradezco a la vida por no tener a nadie allí dentro. Sonrío cuando dejo la puerta atrás y es entonces cuando empiezo el día con alegría, con ganas.

Mi trabajo me ha hecho comprender que cada día normal es el mejor de los regalos. Me ha ayudado a valorar hasta un rayo de sol en la espalda o el aire que acaricia tu cara dando un paseo. A reír más fuerte y a llorar más flojo. A bailar, aunque no sepa. A saborear cada minuto con los tuyos, porque mientras nosotros nos quejamos, hay mucha gente metida en un hospital, con mucho más dolor del que tú puedas sentir, recibiendo la peor de las noticias, despidiéndose para siempre, entrando a un quirófano a vida o muerte, conectada a un respirador y a diez bombas, escuchando un ‘hemos abierto y hemos cerrado’, un ‘no podemos hacer nada’.

Cada amanecer es un milagro.

Cuando empecemos a llenar nuestra mochila de ‘preocupaciones sin importancia’, simplemente debemos dejarla caer. Estamos vivos, estamos bien.

Youtubers

Anoche Paula me cogió el móvil un rato, le encanta leer las entradas de la página y ver vuestras reacciones.

Me dijo:
“¿Tienes ya 1500 seguidores, no? ¿Y solo 40 ó 50 me gustas en cada publicación? Pues… Mamá, no te pongas triste, pero yo creo que esto es menos que un suspenso… (Ya sabéis, siempre intentando subirme la moral).
Pero… ¿La gente sabe que si se deja pulsado el me gusta, puedes elegir me divierte, me encanta…? Yo creo que no lo saben porque si no… ¡Qué sosos!”

Su sueño es que hagamos un canal de YouTube con vídeos en directo como los Carameluchis (ya le expliqué un día, que si yo hago un vídeo en directo recién levantada, se me borra el personal y no se queda ni mi familia).
Podéis estar tranquilos, eso no va a pasar.
¿Os imagináis el cuadro? 6.45, suena el despertador y al tercer ‘ay’ consigo girarme, apagarlo e incorporarme. Me tomo el própolis y la equinácea para las defensas, las vitaminas para el pelo (no sé para qué), un Tramadol, me quito la férula de la boca, me ducho, me pongo las medias de compresión, la braga faja…😂😂 En fín, que no me veo grabando…

Juan

La pasada Semana Santa, fuimos cuatro días a la playa con unos amigos. Tienen una niña como los míos mayores, que ha pasado a tercero de la ESO y un chico que ha empezado primero de Bachillerato. Mis hijos, igual que la niña, dejaron aparcada su mochila en el suelo de su habitación cuando llegaron de clase y la abrieron la noche antes de la vuelta, justo antes de acostarse, con mis gritos de fondo. Juan, en cambio, se llevó todos los libros. Cuando subíamos de la playa, en vez de tirarse al sofá después de ducharse como los demás, se encerraba a estudiar. Era tal el nivel de presión, de ansiedad, que no cambió el gesto en todas las vacaciones. Estaba triste, desencajado. Los nervios no le dejaban disfrutar, le tenían atado. Sus padres estaban preocupados, se tenían que enfadar con él para que dejara los libros. Me mataba la pena y le escribí en el camino de vuelta.

Querido Juan:
Te escribo un WhatsApp porque estamos en el siglo XXI, si estuviéramos en otro siglo te mandaría un telegrama o buscaría la más veloz de las palomas mensajeras, porque sí, este mensaje es urgente, cariño, el reloj de arena está en marcha…
En esta vida, cada día es como cuando levantamos la tapa de un yogurt… pero al revés, aquí te alegras cuando te toca un ‘Sigue jugando’. Alguna vez, con suerte, te puede tocar un ‘Enhorabuena’, cuando algo bueno te llega. Pero otras, te toca una tapa que no esperabas, una de esas con las que no sabes ni qué hacer, lo que está claro es que cuando te toca, es para tí. Algo malo, una enfermedad, un accidente, una desgracia… y no hay vuelta atrás.
No merece la pena tanto sufrimiento, ni tan siquiera una lágrima por una mala nota, que en tu caso ni siquiera es mala, solo es peor que la que tú querías.
El problema es que de esto te das cuenta tarde, cuando te has perdido demasiado cosas, cuando has llorado más de la cuenta. Porque esos nervios, esa ansiedad, después dan la cara.
Libérate, estudia, claro, pero vive también, quítate esa cadena que hasta te aprieta el pecho. Porque un día entiendes que un examen en una vida es un granito de arena en el desierto, nada.

Qué difícil encontrar el punto exacto. Tenemos que tener cuidado, apretar, sí, pero sin pasarnos de rosca, sin romper la cuerda. Animarles, inculcarles un hábito de estudio, a ser constantes, trabajadores. Hacerles ver que éste es su papel en el mundo ahora, estudiar, y cuando terminan, descansar, disfrutar. Si han cumplido su objetivo durante el curso, durante las vacaciones y, sobre todo, en verano, obtienen su recompensa.

Pero con los pies en el suelo, sin perder el norte. No tienen por qué ser los mejores en todo, sacar las mejores notas ni ser lo que nos hubiera gustado ser a nosotros.