Maletas

Creo que lo que más me está costando en mi vida de madre es ir dejando de lado los colores pastel, el ratoncito Pérez, los Reyes Magos, los pajarillos que cantan, las nubes con formas, los amaneceres abrazados a alguno de ellos en mi cama, el olor a la crema que con tanto amor les echaba después de cada baño… Para ir dejando paso a una realidad que dista mucho de la que me gustaría dejar de legado a mis hijos.

Ir abriendo ojos, preparando almas, dibujando escudos, no es fácil. A veces me dan ganas de decir: “Vamos a dejar de jugar a esto, no me gusta”, como hacemos cuando algún juego de mesa se pone aburrido. Pero no, en este juego que es la vida no se puede dejar la partida a medias. Tienes que seguir, te guste o no, duela o no… Entonces sigues intentando buscar siempre el lado bueno a cada cosa, porque mi madre siempre me ha dicho “tenemos que dar gracias a Dios”, aunque la cosa estuviera fea o muy fea; y lo que una madre dice, va a misa.

Y agradeces cada día que te pones de pie.

Y les vas contando el cuento de la vida de la forma más suave que puedes para que sepan de qué va la cosa pero a la vez no pierdan la ilusión ni la esperanza.

Enseñas a pisar firme pero con prudencia, educación y respeto. Recuerdas que jamás disfrutarán de un éxito si para llegar a él han tenido que pisar a alguien. Repasas la lección de que nada hace más ilusión que compartir y hacer felices a los demás. Y subrayas con fosforito que para brillar tú, no necesitas apagar a nadie.

Les enseñas a coger más confianza en ellos y menos en el resto.

Cuando todavía recuerdas cómo les enseñaste a no tocar los enchufes, te ves paseando con personas que escuchan atentas cuando les dices que nadie, jamás, les puede obligar a hacer algo en contra de su voluntad. Que les fallarán y les decepcionarán algunos, pero otros les sorprenderán, les ayudarán y se quedarán para siempre.

Atrás quedaron los quiquis, los dibujos animados (quién me iba a decir a mí que iba a echar de menos a Peppa Pig y a Dora, la exploradora) y los Cantajuegos como única opción. Demasiados años rodeada de tanta dulzura te malacostumbra… Bodies, pañales, crema del culete, bloques de colores, cochecillos, muñecas, topes de puertas… Todo parece de otra vida ya. Ahora es móvil, Play, iPad, amigos, plancha del pelo un día, “espuma para ver si se me riza” otro.

Cada día oigo menos “te quiero” y más “¡no me dejes en leído!”, “¡pero mamá!”… Claro, que yo también he sustituido alguno por “¡échate desodorante!” o “porque lo digo yo y punto”.

Vivo emocionada un viaje a ese lugar en el que pasé aquellos maravillosos años. Esta vez ese viaje no lo hago yo, solo estoy preparando sus maletas sabiendo dónde van. Ellos ahora no lo entienden, como a su edad no lo entendía yo, pero para mí siempre serán mis chiquitines, los que me dieron la vuelta como a un calcetín. Y aunque ahora necesiten su espacio y yo los regalara un día de cada tres, aunque sé que soy madre primero y amiga después, algún día descubrirán que su mejor amiga estaba mucho más cerca de lo que creían.

Que no se os olvide, este viaje lo empezasteis juntos… Intentad terminarlo lo más cerca posible, lo más unidos posible.

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