Ojos

Siempre me ha encantado mirar a los ojos. No me preguntes lo que lleva puesto quien sea, ni idea. Pero los ojos y las manos, los ficho rápido. Unos te atraen, otros te echan para atrás. Unos te hacen reír, otros te provocan ternura.

Ahora es todo mucho más fácil. Salgo a la caza de miradas y no tengo nada que esquivar. Me gusta mirarlos a fondo y descubrir lo que esconden.

Algunos lo ponen fácil, son como un río de agua cristalina, para lo bueno y para lo malo. Otros llevan una pantalla que no deja ver de primeras lo que hay detrás, les tienes que dedicar más tiempo.

Hay miradas a las que tienes que abrazar porque lo están pidiendo a gritos. Y miradas que necesitan conectar con otra para dejar salir lágrimas caducadas.

También hay miradas a las que les dices “calla” porque si lo dicen, no vas a poder aguantar la carcajada. Y es que sí, hay miradas con más mensaje que algunos textos.

Esta mañana hemos tenido a una monjita en el quirófano y cada vez que la miraba, me sonreía y con sus pequeños ojos, claros y asustados, me decía algo. Los nervios y el miedo no la dejaban hablar. Ha sido como cuando te hacen un truco de magia. Yo imaginé su mensaje y después, cuando se iba, comprobé que había acertado: “Que Dios te bendiga, hija, que Dios te bendiga”.

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