Abrazos

Hay abrazos que tienes que dar.

Sin remedio, sin más, porque sí.

Hay personas con las que conectas en algún momento de tu vida, quedando un lazo echado de corazón a corazón, para siempre. Es flexible, kilométrico y resistente, pero cuando tienes a esa persona enfrente, no lo puedes evitar. Como un imán, el lazo se hace pequeño y tira con fuerza. Da igual que te resistas, estás perdido.

Hay abrazos que se tienen que dar.

Porque es mayor el beneficio que el riesgo. Porque hacen falta. Porque los debes.

Ayer volví al trabajo con el firme propósito de no abrazar si no era estrictamente necesario. Me costó, pero creo que lo conseguí. Ayer solo di dos, hoy tres. Me han sabido a gloria. Me han llenado. Espero que hayan sabido descifrar el mensaje: “Gracias. Gracias por todo lo que has hecho”, “Menos mal que volvemos a vernos”, “¡Qué alegría seguir teniéndonos!”, “¡Ojalá pudiera hacer algo para que olvides lo que has vivido!”, “Te quiero”.

No te preocupes si no te atreves a darlos. He descubierto que mirando a los ojos, si sonríes y te salen las arruguillas de los ojos al mismo tiempo que al otro, cuenta como un abrazo y se puede llegar a decir lo mismo.

Hay abrazos que se dan.

Aunque duren un segundo, aunque sea con mascarilla y mirando cada uno para un lado. Y te dan la vida.

Hay abrazos que curan y te recuerdan todo lo bonito que aún queda.

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