Desconexión

Qué felicidad cuando sales cuatro días a desconectar y tienes el objetivo tan claro que te encargas personalmente de tirar del cable, ese que te lleva manteniendo en tensión los últimos meses.

Cuando llegas a tu destino y lo primero que haces es quitarte tu pulsera cuentapasos (esta cruz bien merece una entrada para ella solita) porque te da igual la hora y te dan igual los pasos.

Esos días en los que cambias tu oficio de enfermera por las mañanas y taxista por las tardes, por el de untadora oficial de factor cincuenta, pero no te importa porque estás feliz.

Esos en los que dejas de echarte la Bb cream y el colorete porque con el tonillo que coges cuando pierdes el blanco nuclear el primer día, ya te parece suficiente.

Esos en los que te das cuenta que no hacen falta tantos metros cuadrados, con tener un baño (mejor dos), una cama para cada uno, un sofá en el que quepamos los cinco y una mini cocina, te sobra.

Esos ratos de miradas, confesiones, risas, caricias y cogerse de la mano, te cargan la batería sin necesidad de cable.

Esos días en los que cambias los ‘veeeenga, aprovecha’, ‘vaaamos, date prisa’ y ‘cooorre que no llegamos’, por ‘dame un beso’, ‘te quiero’, ‘disfruta’, ‘descansa’, ‘qué orgullosa estoy de tí’.

Esos días que parece que hacen magia y nos reinician o mejor dicho, nos apagan y nos vuelven a encender.

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