Despacio

Cada día busco más la tranquilidad.

Me encantan los colores pastel de los atardeceres que se dejan mirar sin hacer daño a los ojos. La brisa suave que no despeina, el calor que no quema. Las voces calmadas, las miradas limpias. Las cosas templadas. La gente que no hace ruido. El pan tierno. La lavanda. Los abrazos sin prisa. Los paseos por el campo. Las películas sin malos.

Estoy aprendiendo a ir más despacio, a pararme en los semáforos en ámbar en vez de acelerar.

A quedarme un rato en el coche cuando llego a casa si me gusta la canción, en vez de salir corriendo.

He aprendido a pasar del qué dirán y a no perder ni un minuto con gente que no merece la pena.

Me gusta ese rato en el que coinciden la luna y el sol, me gusta escuchar la lluvia y como huele después.

Me regalo sonrisas y he descubierto que yendo por la calle con media sonrisa, las cosas te salen mejor.

Estoy aprendiendo a no adelantarme a los acontecimientos, a no sufrir antes de tiempo.

He bajado el ritmo y el volumen.

Creo que lo decidí un día en mitad de la ronda, cuando iba regañando a mis hijos, con los dientes encajados y presión en el pecho porque llegábamos tarde. Entonces Paula me dijo, ‘mamá, ¿qué pasa si llegamos cinco minutos tarde?’. ‘Pues…nada’, le contesté. No pasa nada.

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