Decisiones

-¿Y si volvemos a intentarlo?. Solo una vez, un único intento…

-¿No lo dirás de verdad?.

Siii!. ¿Te imaginas?. Darles un hermanito, se volverían locos…

-Sí, pero ¿y tú?. Me da miedo… Primero el tratamiento, otra vez tanta estimulación no puede ser bueno… y después, el embarazo. ¿Y si vuelves a estar mal?. ¿Y si vuelves a necesitar reposo absoluto?. Ahora con los dos, no podrías…

-¡Seguro que sale bien!. ¿Vamos a tener otra vez esa mala suerte?. Venga, ¡por favor!, piensa solo en lo bueno.

Estábamos en Calpe con nuestro Peñón de testigo, cuando mantuvimos esta conversación y ese mismo día, en la farmacia de enfrente del hotel compramos el ácido fólico y empecé a tomarlo.

La idea fue mía, lo reconozco, como todas las locuras que hemos hecho desde hace dieciocho años, pero la ilusión fue de los dos desde el minuto en que hice la llamada. Porque sí, en nuestro caso, como en muchos, no fue suficiente con el amor, hubo que mover más fichas.

-Gema, buenos días, soy María, la embrióloga. ¿Cómo estás?. Tengo dos noticias, una mala y otra buena. La mala es que de los tres óvulos que fecundamos, solo ha sobrevivido uno. La buena es que ¡vaya uno!, es grande, fuerte, ¡solo le falta bailar!. No para de moverse, tiene una pinta buenísima!. Te esperamos pasado mañana.

-Chicos, ¡vais a tener un hermanito!.

Viiiiiiiiiiiiivaaaaa!.

Esa completa felicidad duró menos de dos meses. Volvieron las contracciones, el pequeño desprendimiento de placenta, el reposo.

-Mamáaaa, ya he hecho caaaacaaa!.

-Cariño, límpiate tú solito y lávate las manos, después te repaso.

-Mamá, dice María que si se lava el pelo solita.

-Sí, dile que se dé un masajito con el champú y luego se lo aclare un buen rato.

-Mamá, hacen falta dos madres para la excursión, ¿podrás?.

-No puedo mi vida, pero las mamás que vayan os cuidarán muy bien.

Mamá, ¿no vas a venir a nuestro cumple?.

No cariño, pero papá y los abuelos os van a llevar y lo vais a pasar genial. ¡Quiero fotos, eh!.

Gema, hay un 70% de posibilidades de que nazca con síndrome de Down. Tienes que hacerte la amniocentesis, pero como estás con contracciones, hay riesgo de que lo pierdas.

Entré a la consulta feliz, con la esperanza de que me dijeran que todo iba bien. Salí a trozos, me tuve que parar a juntarlos. Cogí aire y llegué sin llorar al coche, como pude. Nada más sentarme, me derrumbé. De camino, llamé a mi cuñada porque nosotros no podíamos hablar.

Almu…

No puede ser.

Como un incendio, la noticia iba arrasando.

Al llegar a casa, estaba esperándome mi madre.

Lloramos, nos abrazamos y seguimos lloramos todo lo que se puede llorar hasta secarnos, y después de esa limpieza, no tuve ninguna duda. Con una mano me secaba las lágrimas y con la otra buscaba información de asociaciones y centros de estimulación temprana. Cuando llegara el momento, quería estar preparada.

Antes de ver la analítica, en la ecografía, estaba todo normal. El hacerme la amniocentesis era para confirmar el síndrome de Down y en ese caso, decidir si quería interrumpir el embarazo. Eso, si no lo perdiera al hacerme la prueba por el riesgo al estar con contracciones.

¿Y qué si en vez de 46 cromosomas, tenía 47?. El camino sería más complicado, nuestra vida un poco menos fácil, pero lo único que hacía falta era amor y de eso estábamos sobrados.

Llamé al día siguiente para decir que no me la iba a hacer.

Vivimos meses de incertidumbre, pero la vida decidió por mí y me hizo el mejor regalo del mundo.

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