Gracias de Paula

  – Mamá, tengo dos noticias, una buena y otra mala, cuál quieres?.

  – La buena.

  – Paula ya sabe pintar.

  Una tarde yendo a ballet, empezó a llover a mares, y por el pasaje nos cruzamos con un ciego que, igual que nosotras, iba a todo lo que le daban las piernas. Yo también me fijé porque iba demasiado rápido y manejando su bastón de una manera que nos tuvimos que apartar para que no nos diera, pero me callé. Nada más pasar por nuestro lado, Paula, que tenía tres años, se paró en seco y se giró hacia él diciendo:

‘Míralo, qué chulillo va con su detector de metales!’.

  A veces pienso que tenemos un espíritu en mi casa que toque una campana o silbe cada vez que paso al baño, porque no falla, hacemos asamblea…

Un día estaba con el período, ya me había limpiado sin que me vieran pero al ponerme de pie, noté que cayó otro poco y volví a pasarme un poco de papel, Paula con tres o cuatro años se percató y con los ojos como platos, me sujetó de los brazos y me dijo:

‘Tranquila, mamá, siéntate, no te asustes pero es que te sale una poquita sangre de la nariz por el culo’.

  Otro día, uno de esos de explosión maternal y no precisamente de amor, me puse a gritar después de varios intentos de que recogieran por las buenas la habitación de jugar, ‘tú, ésto, tú, lo otro, tú, los zapatos, tú, la cama…’. Saltó Paula: ‘oye, ¿hasta cuándo es obligatorio vivir con los padres?’.

  Una mañana la regañé porque jamás tira de la cisterna. ‘Ahora mismo vienes y tiras de la cadena!’. Le sentó mal dejar de jugar y vino muy enfadada, ‘Vale, yo tiro, pero tú ¡deja de mentir!, que aquí ni hay que tirar ni hay cadena ni hay ná’.

  Como buena ‘malamadre’, con la tercera me he relajado en algunos aspectos… A los mayores les bañaba cada noche a la misma hora, rigurosamente, con pelo todos los días, patitos de goma, unos días espuma, otros pompas, música relajante…. A Paula un día la ducho con pelo, al día siguiente le lavo el culete, al siguiente ducha rápida sin pelo (y cuando digo rápida es rápida, tanto que a veces sólo la mojo de cintura para abajo, culo y pies, vamos…) y al otro, otra vez con pelo. Sin muñecos de goma ni música relajante, porque a esa hora sólo tengo dos opciones, corro o me duermo. Los baños relajantes quedan para ocasiones especiales. Demasiado bien está la pobre!.

Más de una tarde al recogerla en el baile, rodeada de padres, me grita desde el vestuario, ‘mamá, qué hay de cena?’ (con suerte tengo un primero, puré y sopa, que me hacen quedar bien, otras veces digo, pues todavía no lo sé y otras, miento mientras pienso que lo único que tengo es hambre y sueño, pero nada preparado), y ahí va la segunda pregunta, anexa a la primera, cuando los demás padres están ya pendientes de nuestra conversación…            – Mamáaaa!

– Qué? (sólo me falta cerrar los ojos, trago saliva y rezo para que no siempre esté la misma gente).

– Hoy toca ducha o culo?.

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