Sin anestesia

Estamos acostumbrados a acompañar a la gente antes de entrar a un quirófano. Manejamos el frío, los nervios, el miedo, el dolor. Preparamos para una intervención que siempre se hace con anestesia, es decir, sin dolor. Y todo eso rodeados de compañeros y profesionales, ¡qué fácil es!. Subir, bajar, poner, quitar… Controlado.
Pero…
¿Cómo acompañar, cómo ayudar, cómo preparar a alguien para el mayor dolor al que se va a enfrentar en su vida?. Sin medios, sin anestesia, sin palabras, sin poder ni mirar a los ojos para dar ánimo porque las lágrimas se adelantan. Eso no nos lo enseña nadie.
Ni los abrazos saben bien cómo hacer su trabajo, y torpes y temblorosos intentan sujetar piezas que se caen porque están rotas, intentan, sin éxito, mantener almas de pie.
Cómo enseñar a vivir sin el motor, sin la guía, sin el pilar de una vida. Cómo animar a seguir el camino solo, habiendo perdido en él a quien te llevaba de la mano hasta ahora desde el día en que te dió la vida.
Desde el día de Navidad, he vivido tres despedidas, he visto llorar a personas que quiero y por las que no he podido hacer nada.
Será bonita la vida, pero no siempre.

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