Punto rojo

Hay días que debería ir por la casa diciendo: “no me miréis”, “no me escuchéis”, “no me hagáis caso”, “esto no está bien”, “esto no se dice”, “esto no se hace”. Sin embargo, a mí nadie me regaña.

Me equivoco y meto la pata varias veces al día. Pero a mí nadie me pone un punto rojo. Me perdonan todas.

Después del confinamiento, en el que Paula se hizo “mejor amiga para siempre” de su t7ablet, en la vuelta al cole, el despiste que le caracteriza aumentó.

Un día se dejó un libro en casa, otro se dejó el estuche y otro, el abrigo en el colegio.

Me enfadé y tuve una idea: en una esquina de la pizarra hicimos un “tablón de los despistes”. Si durante esa semana tuviera tres despistes, no cogería la tablet ese fin de semana. Le pareció bien y durante la semana y media que duró, estuvo más pendiente. Ya tenía ella cuidado de no pasar de dos. Aparentemente es una buena idea, ¿no? Pues creo que es una de las peores ideas que he tenido. Y además de ser un castigo, que los odio, me di cuenta de que era un generador de estrés gratuito.

No dejaba de pensar en ello y me preguntaba varias veces al día, “mamá, ¿esto cuenta como despiste?” Se acostaba preocupada por si se había dejado algún lápiz, boli o rotulador del colegio en la mesa de casa.

Así que, una madrugada, fui consciente de mi error.

Esa mañana lo primero que hice fue borrarlo.

Nada más bajar, me preguntó: ¿y el tablón de despistes?

Le dije que me había dado cuenta de que ya no era necesario porque veía que ya era más responsable, que después de tanto tiempo sin cole, era normal estar más descentrada pero que estaba segura de que lo iba a hacer cada vez mejor.

El abrazo que me dió y ese “muchísimas gracias, mamá”, nos puso la tirita en el corazón a las dos y a mí me demostró que había acertado.

Si a mí cada día, en casa o en el trabajo, me fueran contabilizando los despistes y los errores, no tendríamos pared suficiente para poner palotes.

Pero no, a mí no…

¿Os imagináis que a nosotros nos pusieran un cartel en el trabajo igual que nosotros se lo ponemos a ellos? El bueno, el malo, el trabajador, el despistado, el simpático, el odioso, el alegre, el triste…

Creo que a mí también me tocaría el de despistada… Yo no era así, pero mi memoria, últimamente, me da para volver a casa sin perderme.

A nosotros nadie nos da voces, nadie nos pone puntos rojos, nadie nos da un azote si tenemos una rabieta para que entremos en razón. ¿Y a ellos sí? Precisamente a lo que más queremos, a las mejores personas que tenemos cerca ¿sí?

Es difícil. En casa no ha habido rabietas, gracias a Dios, pero otras cosas sí. Pegar, jamás, pero voces… ¡Ay, las voces! Y el castigo de quitar tablet, móvil o mandos… ¡Ay! ¡Si mi casa parece un mapa del tesoro!

Seguimos aprendiendo juntos, de la mano, ellos como hijos, nosotros como padres. ¡A por ello!

Eso sí, mejor sin puntos rojos…

Muestras

-Te quiero, mami.
-Yo sí que te quiero, cariño.
-Qué fácil lo tenéis las madres para demostrar que queréis a los hijos… Haciendo las comidas que nos gustan, perdonándonos el pimiento y la cebolla, dejando que nos acostemos tarde los fines de semana, limpiándonos el culete, cuidándonos cuando estamos malitos… Pero ¿nosotros? ¡Ojalá pudiera yo demostrártelo a ti!
-¡Pero si llevas haciéndolo desde antes de nacer!
-¿De verdad?
-Claro. Cuando tenía contracciones, me acariciaba la barriga y te decía “aguanta, campeona”, y te quedabas quieta durante un buen rato. Recién nacida, me lo explicabas cada vez que ponías tu manita en mi pecho mientras comías. Y cada vez que te calmabas cuando yo llegaba. Y ahora… Ahora me lo demuestras cada vez que me miras y te brillan los ojos al sonreír, cada vez que me abrazas, cada vez que vienes a contarme algo y después te vas más tranquila. Cuando haces algún esfuerzo solo para verme feliz, cuando me cuidas si estoy malita, cuando me bailas…
-Menos mal…
-¿Qué?
-Que te das cuenta…

El camino

En la vida de cada persona hay miles de caminos; en la mía también. Pero éste, éste no es un camino, éste es ‘el camino’. Para mí y para toda mi familia.

“Dale a las luces del camino”.

“¿Dónde están los niños?” “Jugando en el camino.”

Poca gente que quiero no lo ha pisado alguna vez.

Este camino me ha visto pasar por todas las etapas. Me ha visto aprender a montar en bici, jugar a todo lo jugable, bailar todo lo bailable, cantar todo lo cantable.

Me ha visto feliz, triste, enfadada…

Ha sido testigo de miles de reencuentros y despedidas, alguna de ellas para siempre; y al ver salir el coche por la puerta, sabiendo que era la última salida de alguien, me ha visto romperme en pedazos. Pero también me ha visto rehacerme.

En él repasaba cada examen del colegio, del instituto, de la universidad… Y en él me preparé la oposición. Camino arriba, camino abajo.

A él acudo cuando no puedo más y no quiero que nadie más lo sepa.

Se le fueron haciendo grietas al mismo tiempo que a mí me cambiaba el cuerpo. Pero aquí seguimos.

En él hemos hecho fiestas de globos, carreras de sacos y hasta desfiles de Gigantes y Cabezudos.

Me vió salir del brazo de mi padre el día de mi boda y llegar emocionada, dos años después, para dar la gran noticia.

Mis secretos de adolescente, mis dudas, mis decisiones, mis luces y mis sombras… Mis caídas, mis raspones de rodilla.

Primeros pasos de unos, últimos de otros. Fotos de todos.

A veces hasta siento que me quieren abrazar sus árboles cuando más lo necesito. Esta tarde me ha oído suspirar y me ha dicho: “sigue”.

Mi sitio. Mi trozo de tierra. Mi trozo de cielo…

Conecta

Cuando no puedas luchar contra las adversidades, sorpréndelas y ponte de su parte, hazte amiga suya y ya verás.
Cuando no puedas controlar una situación, dale la vuelta, conviértela en oportunidad y ya verás.
La vida es como es… Pero es el juego más emocionante que existe. En nuestras manos está cómo jugar cada partida y tener claro que aunque a veces salgamos perdiendo, algo ganamos siempre.
¿Te acuerdas del “Conecta”? Si tienes que tomar una decisión, en una mano el cerebro y en otra, el corazón. Si vas a crear algo, conecta las manos y el corazón. Si vas a bailar, las piernas, los pies, los brazos y las manos, con el corazón. Y ya verás…
Hace unos días, cuando me enteré de que Pablo y María, después de llevar toda su vida en la misma clase, iban a estar separados, precisamente este año, me enfadé un poco. Solo le veía inconvenientes, me costó aceptarlo un par de días, pero en el momento en que ví que la decisión estaba tomada por un tema de optatividad, lo asumí y punto. No solo no coinciden en la clase, tampoco en los días (van un día sí, otro no).
¿Podéis creer que ya solo le veo ventajas? Siempre hay uno en casa, plancho como si tuviera dos en vez de tres, ahora tengo quien me apague la comida o me suba los toldos si llueve… Hay varias, pero la mejor es que se van a fastidiar los repartidores, esos que parece que esperan en la esquina a que salgas para echarte la nota de “ausente”.
Esta mañana me encontré mi nariz de payaso debajo de una cama, me la coloqué y no veas lo feliz que he aspirado la casa.
Lo malo es eso… Ahora siempre me ve alguien…

Idoneidad

-Un intento más y lo dejamos.

Eso fue lo que le dije al ginecólogo después de dos fecundaciones in vitro fallidas.

-No, mujer, no tires la toalla. Hay quien “se embaraza” a la primera y quien a la cuarta. Tú vas a ser madre, que te lo digo yo.

-Sí, eso lo sé, pero no tiene por qué ser de esta manera. He empezado los trámites de adopción.

Durante los meses de tratamiento, me sentí madre varias veces, durante días, y después, dejaba de serlo. Batacazo. Hormonas que subían a las nubes y después caían al vacío, sin paracaídas, sin nada abajo que amortiguara el golpe. Solo la fuerza del amor por alguien que ni siquiera existía, te reponía para volverlo a intentar.

Ese mismo amor fue el que nos acompañó a cruzar la puerta de Bienestar Social, una de esas puertas que abres con manos fuertes pero piernas temblorosas. Con el corazón dispuesto pero con tres nudos en el estómago.

Desde ese momento, empecé a sentirme madre también y a querer a alguien que habría nacido, o aún no, para recibir todo el amor que teníamos metido en el horno. Esa noche no pegué ojo. Me volvía loca la idea de que el que fuera a ser mi hijo, me estuviera necesitando ya en algún lugar. Me centré en convencerme de que no tendría frío ni hambre, pero lo que no me dejaba respirar era pensar que alguien lo pudiera estar tratando mal, que tuviera miedo, que necesitara cariño. Me imaginé con él el primer día, sin soltarlo ni un segundo y durmiendo entre los dos, para intentar compensar todo ese tiempo perdido, todo ese amor perdido. Y así, con esa imagen en la cabeza conseguía relajarme.

Fueron pasando los días y mientras mi cuerpo se hinchaba y se deshinchaba, mi cabeza pensaba en ese niño o esa niña, de cualquier color de piel, de cualquier forma de ojos, que en algún lugar del mundo nos estaba esperando. Cuando me ahogaba la impaciencia, me tranquilizaba pensar que estos meses que nos quedaban separados servirían para que cualquier duda, cualquier miedo, se convirtiera en más amor y así, cuando llegara el día se nos vertiera por cada poro.

Gema, el próximo jueves os visitará una trabajadora social que decidirá si sois idóneos para la adopción. En cuanto tengáis el certificado, en unos meses podrás ser madre.”

Colgué y me puse a limpiar la casa. Ahora me doy cuenta de lo limpia que estaba, ahora me doy cuenta de que era lo menos importante… Pero quería hacer visible nuestra intención y además, limpiando ya sabemos que se piensa menos. Esos días solo compraba fruta y verdura, por si miraba, que viera que sabíamos comer sano. Ahora me doy cuenta de que eso tampoco era lo más importante…

Queríamos hacer un escaparate de algo que ni se compra ni se vende, ni se toca, ni se ve, solo se siente.

Cuatro días antes de ese “próximo jueves”, las dos rayitas se pintaron de rosa, después de tanta raya solitaria que fue a la basura acompañada de alguna que otra lágrima. Cuando dejamos de temblar, lloramos. Cuando dejamos de llorar, nos abrazamos.

Esa puerta que abrimos aquel día, nunca se cerró. Ese trozo de corazón reservado, ese amor dibujado con tanto mimo, siguen intactos, bajo llave.

Ahora tengo claro que somos idóneos, no perfectos, solo idóneos.

Ojalá algún día tenga fuerza, ojalá algún día…

Cinco

Que siiii… Que somos cinco…

Así, sin peinarnos después de un día de playa. Con camisetas viejas, pero cómodas.

Con muchos sueños cumplidos y otros tantos por cumplir.

Con nuestros ratos de calma y nuestras tormentas, como el mar.

Con nuestros días despejados y nuestros nubarrones, como el cielo.

Con viernes relajados y lunes espesos.

Que sí, que somos cinco.

Aprendiendo juntos, de la mano. Aprendiendo la vida, esta vida tan… Bonita y tan difícil. Esta vida que parece un Tetris; si ponemos los cinco sentidos, avanzamos, pero a veces, perdemos el control y no queda más remedio que empezar de nuevo.

Porque sí, no siempre acertamos, nos equivocamos, metemos la pata, unas veces unos y otras, otros.

Que sí, que somos cinco.

De verdad, de los de verdad.

¡A por él!

Venga, ¡sacad los colorines! Vamos a ponerle un poco de alegría a todo esto.

Ya está aquí septiembre, y como siempre por estas fechas intento cargarme de energía y optimismo cada rato de sol templado que disfruto.

Si os digo que todos mis días son así, os estaría engañando y eso no va conmigo. Hay días que no puedo tirar de mí, pero esos me los como como el brócoli, sin pensarlo. Y pasan, rápidos, como todos.

Quiero pensar que tenemos ante nosotros una gran oportunidad de aprendizaje y crecimiento y que si jugamos todos bien la partida, llegaremos juntos y felices a la meta.

Está en nuestras manos que nuestros hijos empiecen el curso con las mismas ganas e ilusión que el resto de su vida. No es tan difícil. No pasa nada. Todo va a salir bien. Solo tenemos que ir todos a una. Mascarilla puesta, manos limpias y mochilas llenas de amor, seguridad, confianza y sueños por cumplir.

Ellos no tienen la culpa de nada, no les demos un papel demasiado importante en el problema y sí hagámosles formar parte de la solución.

Lo tenemos fácil, nos han dado una lección de responsabilidad bestial. No se quejan, han aceptado la situación con madurez, que no nos oigan protestar demasiado a nosotros.

Que nos vean tranquilos. Lo más tranquilos que podamos.

Es un camino que tenemos que andar, mejor esforzarnos en ver lo bonito, retirando piedras, saltando agujeros. Porque, como siempre, lo mejor está al otro lado del miedo.

43

Así empiezo los 43…

Puedo ver el mar, aunque no lo tengo enfrente.

Puedo tocar el cielo.

Puedo sentir el calor del sol con la persiana bajada.

Se me llena el pecho de aire puro como si estuviera en la montaña y hasta puedo oler un campo de lavanda.

Cierro los ojos y pido un deseo: repetir este viaje cada año.

Resultado

Ahora resulta que no soy débil, solo me estaba haciendo fuerte. A mi manera, a mi ritmo.

Ahora resulta que soy valiente pero tuve que hacerme pasando miedo.

Ahora resulta que no me hundí, solo me agaché para coger fuerza y seguir.

Ahora resulta que sí me quiero, solo que durante un tiempo quise más a otros.

Y por fin me miro con buenos ojos.

Por fin me sonrío la primera.

Y me llevo de la mano cuando algo me da miedo.

Ya no me dejo decir “me gustaría hacer…”, ahora me levanto, y lo hago. Sepa o no, sea una locura o no. No tenemos tiempo de quedarnos con las ganas, así que, mejor hoy que mañana.

Me acepto y hasta me guiño un ojo. Me perdono cada fallo y me abrazo. Me permito llorar y me animo a ir abandonando carga en el camino.

Y me aplaudo cada acierto. Tiro de mí cuando no puedo sola.

Ahora más “venga”, “suelta”, “respira”, “sonríe” y menos “espera”, “aguanta”, “corre”, “explota”.

Grito menos y huyo más. No me quedo mucho tiempo donde me quieren poco. No da tiempo.

He aprendido a decir más veces “no” si no me sale del corazón y a dejarme llevar más por las mariposas del estómago.

Después de mucho tiempo escribiendo “mi mamá me mima”, saco la goma y corrijo: “mi mamá se mimaporque está claro, cuanto más me quiero, mejor quiero.

Y confío en mí… Y me espero.

Lactancia

No quiero que acabe la Semana de la Lactancia Materna sin hablar de ella.
La foto no es bonita ni estoy guapa ni siquiera peinada. Acababa de amanecer mi primer día con ella fuera de mí, ya sin peligro. No la solté ni un segundo en toda la noche. Nació a la una de la madrugada, después de casi veinticuatro horas intentando que fuera parto; terminó en cesárea. Me la llevaron a Reanimación nada más salir de quirófano, porque ese día y a esas horas estaba muy tranquila y porque para algo “somos de la casa” 😜. Me la enchufé a la teta y se cansó dos años y medio después…
“Ayyyy, ayyyyyy, me duele la barriga, dame un traguillo a ver si se me pasa!”, me decía de madrugada. Porque sí, además de ser el mejor alimento, calma y soluciona todos los problemas de un bebé.
Es lo mejor del mundo.
Con Pablo y María solo fueron ocho meses. Cada niño, cada madre, lo que se pueda, y si de verdad no se puede, dale el biberón con el mismo amor, porque no es solo la leche, son los ojos que miran, las manos que acarician, los brazos que sujetan y la barriga que todavía dolorida sirve de apoyo a ese par de piececillos… Y eso, siempre se puede.